Mi parto respetado: la llegada de Vera.

Amor puro

Han pasado ya más de ocho meses y aún no me había sentido con ganas de compartirlo. Ni de escribirlo, ni de plasmarlo en ningún sitio. El nacimiento de mi hija Vera fue uno de esos momentos tan fuertes en la vida, tan íntimos, tan auténticos...que sentía que no iba a conseguir transmitir nada de lo vivido con simples palabras. A día de hoy lo sigo sintiendo, pero por otro lado, la idea de acabar el año, me empuja a ello. Y me empuja por una sencilla razón; es como si necesitase cerrar un ciclo, dejar mis experiencias reflejadas en alguna parte, para así poder seguir viviendo otras. Porque cada día me alejo un poco más de ese día, de esa magia, de esa primera vez, y me acerco a otras...su primera sonrisa, sus primeras palmitas, la primera vez que se pone de pie solita... Lo cotidiano sigue teniendo mucho de mágico. Pero hoy voy a escribir sobre el comienzo de todo, sobre el día en que Vera decidió venir a este mundo.


En esta habitación nació Vera :)

Mi hija nació en el Hospital Universitario de Torrejón de Ardoz, en Madrid. Y allí nació porque nos atraía mucho su programa sobre partos respetados. Yo no quería parir en un sitio en el que nada más llegar me pusieran una vía, me rasuraran, me ofrecieran un enema, me hicieran una episiotomía sin necesitarla... Quería parir en un sitio donde se siguieran las recomendaciones de la OMS, un lugar en el que sentir total confianza, un sitio donde sentirme como en casa pero con más garantías sanitarias, un lugar donde me trataran con respeto, donde me hablaran como la mujer adulta que soy y no como una paciente sometida a una bata blanca...y por suerte, así fue.

Todo empezó en la 39+3, ¡ese día me puse de parto! Siempre te dicen que como primeriza seguro que te pasas de fecha y que además un parto, y además el primero, suele durar bastantes horas...pero en nuestro caso no fue así. Ese día me levanté con el cuerpo un poco raro, pero seguí con mi rutina diaria. Nada me hacía sospechar que en unas horas iba a comenzar mi trabajo de parto, aunque el tapón mucoso ya había sido expulsado bastante antes, justo en la semana 37. Al levantarme, en ningún momento pensé que ya había llegado el gran día, ¡ese día que te pasas nueve meses esperando! La mañana pasó de lo más normal y fue a lo largo de la tarde cuando realmente empecé a sentir contracciones, pero eran muy irregulares, y de hecho no tenía muy claro si lo eran o no... Lo único raro y fuera de lo normal fue que durante todo el día tuve ganas de ir al baño, no paraba de ir y venir y de sentarme en la tapa del váter, incluso me puse de cuclillas sobre ella en más de una ocasión (¡cosa que jamás había hecho antes!) pero poca cosa conseguía hacer. Ahora sé que era Vera empujando... ¡En ese momento ni lo había pensado! Cómo es la naturaleza de sabia que te hace adoptar este tipo de posturas sin ni siquiera tú misma ser consciente de ello...

Al final de la tarde y principio de la noche fue cuando vi que algo estaba pasando... Serían sobre las 19.00 horas cuando me acordé del consejo de mi matrona, "date una buena ducha" pensé, y si las contracciones paran es que no estas de parto. Pues bien, yo me duché y de repente aquello no hizo más que acelerar. Me sequé y me vestí como pude porque en poco tiempo pasé de cero a cien. De repente lo vi, era evidente que estaba de parto, con contracciones cada cinco minutos o incluso menos. No quise esperar ni la hora de rigor, pues el hospital estaba a unos cuantos kilómetros de casa y yo empecé a ver las estrellas. Cogimos la bolsa que habíamos preparado para el gran momento, y antes de salir pinchamos un poco de suero a nuestra gatita Lupita (que padecía una enfermedad renal, y viendo que podíamos tardar días en regresar, mejor prevenir que curar).

El camino al hospital fue duro. Para empezar, de casa al coche paré no sé cuantas veces porque las contracciones no me daban un respiro, y eso que hacía nada que había empezado todo (¿no se suponía que un parto duraba muchas horas y que las contracciones no empiezan tan de seguido?). La media hora que pasamos en la carretera tuve contracciones cada cuatro, cada tres minutos...Todo estaba yendo muy rápido, hacía poco más de una hora me sentía tan normal, y de repente en mi cabeza me veía ya pariendo. Llegamos al hospital, sala de espera y luego me reconocieron. Con un tacto vieron que estaba dilatada de 3 centímetros, con "el cuello del útero borrado y bien centrado" me dijeron. Les entregué y expliqué mi plan de parto. Aun así en lugar de ingresarme me pasaron a monitores, lo que ahora considero que fue un error, pues yo estaba en pleno trabajo de parto y aquello para mí fue un suplicio. Pasé más de dos horas allí, retorciéndome de dolor, con ganas de desnudarme, de chillar...pero no podía hacerlo, tenía a otras dos chicas a mi lado, y las normas sociales no me dejaban hacerlo. A todo esto las otras chicas y sus acompañantes tan normales...mientras yo no podía más, tirándome por el suelo, cambiando de postura, aguantando el dolor como podía. En una ocasión tuve que quitarme las correas e ir corriendo al baño, para luego no hacer nada, era Vera empujando... Antes de ingresarme me hicieron otro tacto, ya había dilatado 4 centímetros. Me ingresaron a las 00.30 del ya día 39+4, con un "creo que te vamos a ingresar", como dudando, sin saber que en dos horas y media ya habría nacido mi niña en un precioso parto natural sin epidural... ¡Menos mal que me ingresaron!...

Pedí que me llevasen a uno de los nuevos paritorios, los cuales parecen una habitación de hotel en lugar una habitación de un hospital, ya que a mí los hospitales no me gustan mucho, y cuando llegé me desnudé (¡por fin!), grité, y de nuevo corriendo al baño... Vino un matrón, Antonio, un cielo, con el cual tuve mucho feeling y a pesar de ello en unos minutos me lo cambiaron (aunque yo no me dí cuenta hasta un rato después, porque ya estaba inmersa en pleno "partolandia"). Sentía todo el tiempo que mi cuerpo empujaba sin parar, sin yo poder hacer nada al respecto, cada dos minutos tenía una contracción y pensé que me iba a romper, tenía miedo y a mi cuerpo no le daba tiempo a recuperarse, así que se lo comenté a Antonio y decidió hacerme un tacto a las 01.00 horas, media hora después de mi ingreso. Me dijo mientras me acariciaba "Estás de 8 centímetros, si tu cuerpo empuja fluye, sólo es tu bebé que quiere nacer. ¡Lo estás haciendo genial, estás trayendo al mundo a tu bebé!". Yo estaba sorprendida de lo rápido que iba todo, ¡estaba de 8 centímetros y sólo llevaba media hora ingresada!. Eso sí, sentía muchísimo dolor, era horroroso. Me ofrecieron la pelota de pilates y no se cuantas cosas más, pero yo no quería nada, solo gritar todo el tiempo (de hecho al día siguiente, estaba ronca) y que no me tocase nadie (pobre de mi marido, que se ofrecía a hacerme masajes y yo con ganas de pegarle a todo el mundo y de que me dejasen en paz...). En uno de esos empujones de Vera, rompí la bolsa. ¡Menuda sensación sentir todo ese líquido caliente cayendo por mis piernas, y empapándolo todo! En un momento y casi sin darme cuenta me limpiaron un poco y cambiaron los empapadores de la cama por otros, ¡y a seguir fluyendo!

A partir de entonces me acompañaron mi marido, la matrona que me hizo la primera y segunda exploración y su auxiliar. Pedí que me trajesen óxido nitroso para llevar mejor las contracciones porque no salía de una cuando entraba en otra, y la hora y media que quedaba la pasé pidiéndole el gas de la risa a mi marido y bebida isotónica en pajita, muchas contracciones, dolor, ganas de pegarle a la auxiliar que todo el tiempo monitorizaba el parto para comprobar que Vera no estaba sufriendo (yo soy muy pacífica y sólo es una forma de hablar, pero simplemente te vuelves una loba salvaje cuando estás en pleno partolandia), sin poder parar de moverme, teniendo muchos pensamientos a la vez... A todo esto decir que el gas no quita dolor en absoluto, lo único que hace es que te ayuda a "evadirte un poco" y soportar mejor la situación. Por momentos me sentía fuerte y valiente, a pesar de no tener fuerzas, me sentía una campeona pariendo a mi bebé. En otras ocasiones pensaba que me iba a partir y que aquello era demasiado sufrimiento. Eso sí, confiaba plenamente en todo ello. Me veía a mí misma como en una especie de cueva, aislada del mundo exterior, (nadie de nuestra familia y amigos sabía que estábamos allí, para así poder vivir todo aquello en intimidad) ayudada por personas que tenían experiencia y que iban contándome cómo iba todo, si estaba en dilatación completa, si el bebé tenía que bajar cuatro escalones y cuántos llevaba... Además en los últimos momentos, en los que yo no podía más y ya gritaba "¡epidural!", me animaron y me decían que ya estábamos en el expulsivo, que no merecía la pena y que yo realmente no deseaba ponérmela, aparte de que ya casi había hecho todo el trabajo...

Y así fuimos llegando al final, al gran momento en el que Vera nació. Todo está un poco borroso en mi mente, pero recuerdo perfectamente que tuve que pujar muchas veces desde que me dijeron que ya se veía la cabecita de mi bebé, hasta que finalmente nació. Lo que ocurría es que un trocito de la cabeza de Vera salía en mis pujos, para volver a esconderse en cuanto yo dejaba de apretar. Aquello aunque sólo duró unos minutos, fue desesperante. Ya no tenía fuerzas, de hecho pasé de la posición de cuadrupedia a tumbarme boca arriba y un poco de lado, porque no podía más. Con mis brazos me sujetaba una pierna, doblándola hacia mí, y pedí a mi marido que me sujetase la otra, que la sostuviera por mí. Seguí pujando y poco a poco Vera salía cada vez más, hasta tener la cabeza completamente fuera. Cuando eso ocurrió, sólo hizo falta otro pujo más para que naciera. Recuerdo mucha presión en mi vagina, y mucho calor. A la vez, mucho alivio una vez salió. ¡Todo pasa en cuanto sale! Cambié el dolor por pura adrenalina y una sensación de subidón. ¡Aquello acababa de ocurrir! Eran las 02.55 de la madrugada ¡y mi hija había nacido! Inmediatamente la pusieron sobre mi pecho, y según la soltaban sobre él, la vi por primera vez. Venía sin llorar, muy limpita, con los ojos bien abiertos (¡desde entonces apenas los ha cerrado!), con la cabeza levantada y el cuerpo en tensión. Jamás lo olvidaré. Esos ojos azules (ahora ya marrones) eran preciosos, y en seguida se puso a reptar hacia uno de mis pechos hasta que se enganchó y succionó, con un agarre casi perfecto. Lo guardaré por siempre en mi memoria.

Tras nacer Vera expulsé la placenta que no vi pero sentí, y a la que doy gracias por haber estado ahí cumpliendo su función, dando vida. Siempre me quedaré con la espinita de no haber pedido verla, me he quedado con la curiosidad. Pero en aquel momento con Vera en brazos tampoco me importó nada más...

No puedo dejar de dar las gracias a mi marido por ser el mejor matrón primerizo del mundo entero. Mantuvo la calma en todo momento, me acompañó y ayudó todo lo que pudo, fue parte activa del proceso y un apoyo vital para mí en esos momentos. Mi parto ha sido uno de los momentos más importantes de mi vida, y el haberlo vivido junto a él, ambos bien informados, empoderados, unidos...nos ha hecho más grandes como pareja. Obviamente podría haber parido sin él porque Vera se gestó y nació de mí...pero su nacimiento jamás hubiera sido igual. Mil gracias amor por compartir tanto conmigo.

Por supuesto también quiero dar las gracias a mi hija por su forma de nacer, tan rápida, tan auténtica, tan salvaje. Por venir al mundo y darme todo su amor cada día. Desde entonces todo ha cambiado, mi vida es otra. Te quiero Vera. 

Y hasta aquí la historia de Vera, la historia de mi parto. Realmente tuve un parto rápido, sin complicaciones y feliz. ¿Cómo viviste tú tu parto? ¿Te gustaría compartirlo aquí?

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